Tenía un grupo de alabanza donde todos tocaban muy bien su instrumento, pero el ambiente no era el mejor. El problema no era la falta de talento, sino que todos querían sobresalir y dar instrucciones de cómo ejecutar los cantos. Cada uno defendía cómo sonaba “en la grabación original”. Los ensayos se volvían tensos y, aunque musicalmente sonábamos bien, algo faltaba: unidad y humildad.
Entendiendo este problema, decidí mirar más allá de los conflictos. Me detuve a observar con atención a cada integrante. Me di cuenta que tenía muy buenos elementos, con habilidades distintas: uno era excelente para identificar las armonías; otro tenía una gran sensibilidad rítmica y sostenía la base con precisión; y otro más tenía un oído fino para transformar el ambiente de la canción con acordes frescos sin alterar el espíritu del canto.
Cuando les compartí lo que veía en cada uno, algo cambió. Cada músico comenzó a aportar desde su fortaleza, no desde su ego. Pasamos de competir a complementarnos. Así nació nuestro estilo musical propio. Cada uno tenía un lugar. Cada uno se sentía valorado. El resultado fue tan fuerte que comenzamos a salir como equipo a dar talleres a otras iglesias.
La excelencia en lo individual fortalece lo colectivo
Cuando cada miembro de un equipo musical —desde el vocalista hasta el ensambleinstrumental— se prepara con excelencia, el resultado es más que buena música: es unidad, fluidez y gozo.
Un cantante que estudia su armonía antes del ensayo permite avanzar más rápido. Un guitarrista que practica con metrónomo no solo suena mejor, sino que eleva al grupo entero. Un pianista que domina los cambios armónicos puede ser un puente hacia lo espiritual.
La excelencia no solo se escucha, se siente en el ambiente de trabajo:
- Hay menos errores que interrumpan el fluir.
- Hay más tiempo para profundizar en la interpretación espiritual.
- Y, sobre todo, hay paz y orden en el equipo.
La adoración que dirigimos hacia la congregación se vuelve clara, sin distracciones. La excelencia prepara el camino para la presencia de Dios.
La falta de preparación rompe la armonía del equipo
Por otro lado, cuando un integrante llega sin haber practicado, cuando se improvisa sobre la marcha o se dejan los ensayos a la ligera, la armonía desaparece.
Y no hablo solo de armonía musical, sino de armonía relacional y espiritual.
Esto genera:
- Frustración en los líderes.
- Cansancio en quienes sí se prepararon.
- Críticas, murmullos y hasta división.
La falta de excelencia, aunque no lo parezca, es una forma de falta de amor al equipo y a la congregación. Como enseña el apóstol Pablo en 1 Corintios 14:40:
“Pero hágase todo decentemente y con orden.”
Ese orden empieza con la responsabilidad individual. Cada miembro que se prepara con dedicación está diciendo: “Valoro este ministerio. Honro a mis compañeros. Sirvo al Señor con lo mejor de mí.”
La excelencia no borra la individualidad, la potencia
Como pastores de equipos musicales, a veces cometemos el error de querer uniformar a todos. Pero la excelencia no anula la diversidad de talentos, sino que la organiza con propósito.
Cuando descubres las habilidades especiales de tu grupo —como sucedió en la historia—, comienzas a formar una identidad musical propia. No tienes que sonar como Hillsong, Miel San Marcos o Elevation. Tienes que sonar como la iglesia local que Dios te dio, con las personas que Él puso a tu lado.

Tu bajista puede ser creativo. Tu soprano puede armonizar espontáneamente. Tu baterista puede ser sensible al fluir del Espíritu. La clave está en que cada uno sepa cuál es su lugar, lo valore y lo ocupe con humildad y pasión.
La excelencia es una decisión espiritual
Muchas veces pensamos que lo espiritual está en orar o ayunar —y claro que lo está—, pero también es espiritual esforzarse, estudiar, ensayar y rendir cuentas. El liderazgo musical no es solo cuestión de corazón, también de hábitos.
Como escribió Dietrich Bonhoeffer:
“La comunidad cristiana comienza en el compromiso. Quien no se disciplina, tampoco ama verdaderamente.”
(Bonhoeffer, D. Vida en Comunidad)
Cada vez que uno de tus músicos se esfuerza, ensaya con antelación, llega puntual o ayuda a su compañero, está construyendo unidad con excelencia.
Unidad + excelencia = adoración poderosa
Cuando un equipo musical está alineado en corazón y en técnica, la adoración fluye sin obstáculos. Las miradas se entienden. Las transiciones suceden con naturalidad. El Espíritu Santo se mueve sin interrupciones humanas.
La iglesia lo percibe. El cielo responde.
Ese tipo de equipo no se forma solo con afinación. Se forma con intencionalidad, amor mutuo y deseo de honrar a Dios juntos.
Aplicaciones prácticas para tu equipo
✅ Evalúa las fortalezas musicales y espirituales de cada miembro.
✅ Habla con tu equipo sobre la diferencia entre destacar y aportar.
✅ Reconoce públicamente las contribuciones de cada integrante.
✅ Invita a otros a aportar ideas desde la unidad, no desde el ego.
✅ Establece una cultura de preparación como acto de adoración.
Conclusión: La unidad no es magia, es fruto de la excelencia compartida
Un grupo musical unido no es el resultado de suerte ni de talento. Es fruto de mucho amor, disciplina, humildad y dirección espiritual. Cuando cada músico abraza su rol, sirve con excelencia y honra al otro, la música se vuelve ministerio y la adoración se vuelve presencia.
Y recuerda: la excelencia no es el fin. Es el canal por donde fluye el mover de Dios con libertad.
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